El mapa no es el territorio
A menudo se oye decir que el cerebro humano funciona como una red neuronal, que calcula, que manipula vectores o que hace promedios. Estas expresiones son seductoras, prácticas y a veces pedagógicas. Pero tomadas al pie de la letra, plantean un problema fundamental.
El mapa no es el territorio.
El cerebro no se comporta como una red neuronal artificial.
No calcula promedios de vectores, ni optimiza una función de coste.
Es exactamente lo contrario: observamos una realidad compleja, biológica y material, y luego intentamos proponer una modelización que haga ciertos fenómenos utilizables, simulables y reproducibles.
Las redes neuronales artificiales no son explicaciones del cerebro; son aproximaciones matemáticas, construidas a posteriori, para hacer manipulables determinados fenómenos. Confundir ambas cosas es tomar la herramienta por el objeto, la representación por lo representado.
Hacer lo contrario (inferir propiedades del mundo real a partir del modelo) conduce a una forma de reificación: se atribuyen al mundo intenciones, mecanismos o capacidades que en realidad pertenecen a nuestro marco formal. Así surgen discursos antropocéntricos sobre el cálculo, la inteligencia artificial o la cognición, en los que se proyecta sobre la realidad lo que no es más que un artefacto de modelización; a veces incluso una visión cuasi-platónica y dualista en la que los números parecen dotados de intención o conciencia, y el cálculo se convierte en una especie de “fuerza vital”.
Un modelo es, por naturaleza, falso.
Es simplificador, incompleto y está sesgado por sus hipótesis. Su valor no reside en su verdad, sino en su poder explicativo provisional. Un buen modelo está destinado a ser cuestionado, refinado o reemplazado por otro menos falso, nunca por la realidad misma.
Recordar que el mapa no es el territorio no debilita a la ciencia ni a la informática.
Al contrario, les otorga todo su rigor: el de disciplinas conscientes de sus límites y, por ello, capaces de progresar.