La herramienta no se vende
Cuando veo a un estudiante frenado en su aprendizaje porque no tiene los medios para comprar el software que se le pide utilizar, veo el fracaso de algo que me supera y que no tiene nada que ver con el alumno.
El saber no se vende. Tampoco las herramientas que dan acceso a él.
El obstáculo invisible
Un curso puede ser pedagógicamente excelente y, sin embargo, apoyarse en un software propietario que el estudiante solo podrá usar en la escuela: versión educación, acceso limitado, vencimiento de la licencia tras el diploma. Lo que se le enseña no es entonces un saber transferible sino una competencia cautiva: sabe manejar tal programa, a condición de tener su uso. El día en que la licencia caduca, lo que ha aprendido se borra con ella.
El software libre, en cambio, sigue al estudiante. Lo que aprende, lo conservará, lo adaptará, lo transmitirá. La pedagogía cambia entonces de naturaleza: ya no se enseña una herramienta, se enseña con una herramienta.
La accesibilidad como caso límite
El problema se vuelve cortante en cuanto se toca la discapacidad. Los estudiantes con discapacidad dependen a menudo de herramientas específicas (lectores de pantalla, teclados virtuales, dispositivos de entrada alternativos, programas de magnificación, plataformas adaptadas) cuyas versiones comerciales cuestan varios miles de euros y permanecen inaccesibles para quien no tiene el contrato adecuado, el reconocimiento administrativo adecuado o el empleador adecuado.
El software libre no es aquí una preferencia ideológica: es una condición de igualdad. Un estudiante ciego debe poder apoyarse en NVDA si no tiene acceso a JAWS. Un estudiante con movilidad reducida debe poder adaptar su interfaz si no puede pagar un dispositivo a medida. El software libre hace posibles estas adaptaciones; el software de pago las bloquea por partida doble: incluso existen programas de accesibilidad cuya licencia prohíbe su modificación, lo que es, dicho sea de paso, una cima de ironía.
Lo que hago cuando veo una herramienta simple
Cuando encuentro un software o una herramienta pedagógica de pago cuya complejidad no justifica el precio (un conversor, un visualizador, un editor especializado, una pequeña utilidad), hay muchas posibilidades de que escriba una versión libre. No por ideología, sino porque no tengo ninguna razón para dejar que un intermediario cobre un derecho sobre algo que puedo regalar a mis estudiantes en un fin de semana.
La simplicidad de una herramienta hace que su retención de pago sea tanto más indefendible. Un editor especializado vendido por varios centenares de euros, cuando un equivalente libre puede codificarse en unas horas, no es un producto: es un derecho de entrada artificial colocado entre el estudiante y el conocimiento que intenta adquirir.
El mismo razonamiento vale, a mayor escala, para las plataformas de aprendizaje. Confiar los cursos, las evaluaciones y los datos de los estudiantes a un proveedor propietario es aceptar que una parte de la pedagogía escape a la vez a la institución y a quienes esta forma. Mientras se pueda desplegar y mantener un Moodle, o cualquier equivalente libre, el argumento de la comodidad no se sostiene.
La exigencia
El software libre no es militancia, ni postura, ni gusto personal. Es una exigencia pedagógica: enseñar con lo que los estudiantes podrán conservar, modificar y transmitir. Es también una exigencia de accesibilidad: no dejar nunca que el precio de una herramienta se convierta en el umbral de un saber.
Cada vez que puedo contribuir a bajar ese umbral, lo hago. Es menos una opinión que una responsabilidad.